Estos días tan difíciles los he dedicado, además de las actividades laborales alimentarias, a leer con intensidad. Leer este libro (que empezó con “Años de Vértigo” del mismo autor) ha sido verdaderamente trascendental, no soy el mismo, definitivamente, y siento haber llevado un breve pero nutrido diplomado en historia de occidente del siglo XX.

A lo largo de este libro se expone la manera en que la gente experimentó el periodo del final de la Primera Guerra Mundial y las dos décadas que siguieron, y el modo que la modernidad afectó sus vidas. Se analizan las ideologías y las concepciones culturales contemporáneos.

Por ejemplo, en 1923 las teorías científicas convirtieron el mundo físico en algo imprevisible y extraño (así como los surrealistas cuestionaron la desacreditada moral del pasado en 1924). En 1927 el incendio del Palacio de Justicia de Viena fue el ejemplo concreto de las tensiones sociales, políticas y culturales del momento. El capítulo dedicado a 1928 sugiere que cuando se percibía una lenta recuperación económica, la respuesta de los jóvenes de la época fue él escapismo, además del consecuente Crac de 1929.

Ese fue el periodo de entreguerras que comenzó a pasar del optimismo al pesimismo dejando de ser la posguerra para convertirse en un nuevo conflicto bélico. 1929 comenzó con Magnitogorsk, pero el crac bursátil de Wall Street trajo consigo la disolución económica y cultural que se puso de manifiesto en Berlín y su vida cotidiana.

El libro explora el escenario vivido no solo en Italia, Alemania y Francia, sino que además detalla la experiencia en Gran Bretaña, mostrando la desesperación de la gente corriente durante esos años de crisis. Detalla con gran precisión el caso de los refugiados del Dust Bowl de las grandes llanuras norteamericanas, así como el drama de todos aquellos que huían de Alemania donde la situación se hacía cada vez más grave.

El periodo de entreguerras, según el autor, (idea que comparto plenamente) señala que “para comprender el periodo de entreguerras, la clave no es la ruptura, sino la continuidad”. Se explora con maestría una serie de fenómenos, tales como los enfrentamientos en las calles hasta las avalanchas de refugiados y las ejecuciones masivas debido a la lucha de las ideologías. Puedo decir, a partir de un estudio del libro, que el llamado periodo de entreguerras no fue una época de paz sino más bien una continuación de la primera Guerra.

Es imposible no hacer un paralelo entre lo que vivimos hoy y el mundo como fue de 1918 a 1938; sin embargo, esto puede ser algo engañoso. El crac de 1929 así como la crisis de las hipotecas subprime de 2008 provocó desempleo y destruyó muchas vidas. Los políticos y economistas hicieron el paralelo para indicar que vivíamos en una segunda depresión mundial; luego de leer este libro creo que lo interesante no es el parecido sino aquello que los distingue. La crisis del 2008 no provocó un colapso del 25% de desocupación como ocurrió en EEUU en la década de 1930 (40% en Alemania); se evitó ese desastre gracias a las lecciones que aprendidas y a las instituciones existentes.

Creo que las semejanzas van en otro aspecto: Los 20 años (desde 1918 a 1938) como los primeros 20 años de nuestro siglo se caracterizan por una sensación constante de inseguridad; no tengo duda alguna que nuestra vida (comparada con la década posterior a la Segunda Guerra Mundial) se ha vuelto precaria, no debido a más guerras, sino a las opciones políticas que tomamos y las que toman los políticos que elegimos. Todos vivimos más cerca de la catástrofe económica personal (solo miren lo que sucede con el Coronavirus); hoy no podemos hablar de una seguridad laboral completa por ningún motivo.

Luego de leer este libro llego a la conclusión que la historia como nos la enseñaron no es en lo mínimo crítica y objetiva. Hoy los conceptos de racionalización y maximización de ganancias reemplazaron a la razón y el bien común; hemos gestionado nuestras sociedades como si fueran empresas. En occidente la idea del Mercado pasó a ser la casa ideológica de muchos (incluyéndome, hasta hoy), creyendo afiebradamente en la iluminada idea y las leyes inamovibles del Mercado, produciendo una sensación de “estabilidad “ hasta el 2008, cuando queda descubierto que nos mintieron, debido a que la precariedad del sacrificio no era debidamente compensada con la posibilidad de salir adelante, de conseguir un trabajo mejor o de poder pagar estudios decentes.

Debido a la irresponsabilidad y codicia en el mercado de viviendas, sumado al cinismo de los Banqueros, comenzaron a zozobrar muchos países, convirtiendo a la rabia en amargura y desencanto y millones de personas se apartaron del proceso político perdiendo esperanza a ser algo más que consumidores cuyo valor para la sociedad se mide por la solvencia de su línea de crédito. La consecuencia del desencanto colectivo es, en muchos aspectos, comparable con lo que sufrieron los europeos después de 1918, debido a que nos enfrentamos al mismo dilema: Cómo vivir en un mundo con valores e ideas desacreditados? La idea de la perfección de la infalibilidad del Mercado es hoy una parodia, el evangelio del mito del crecimiento y de la meritocracia se está derrumbando día a día. El evangelio del mercado libre es tan ideológico como el fascismo y el comunismo.

Está más que demostrado que en casos como el de nuestra sociedad, la atención sanitaria y la educación son cada vez menos accesibles en el sector público infrafinanciado donde se hace lo que puede. Es demostrable que hoy quienes pueden pagar servicios privados pagan mucho más de lo que se pagaba hace apenas una generación, y los que no pueden, se encuentran cada vez más excluidos. Y sin embargo, como señala Blom, “los mismos que más han de temer por su sustento, cuyo estilo de vida se ve continuamente amenazado y tienen que pagar más para satisfacer sus necesidades básicas son los que suelen defender el sistema vigente, quizá porque ofrece algo más fundamental que la seguridad: esperanza. Tratamos al Mercado como una realidad fundamental, nos ofrece algo en qué creer. Hemos elegido un evangelio político como lo hicieron los socialistas y fascistas en la década de 1930”.

Llego a la conclusión de que la creencia de un Mercado perfecto ha sido fundamentalmente ideológica desde su comienzo (basta ver la idea no demostrada de que los mercados se regulan solos).

Concluyo diciendo que la cultura de entreguerras celebró libertades por las que se lucharon; hoy hemos hecho a un lado a la libertad para vivir en el paraíso del “Mercado perfecto” en el que la dinámica de éxito se basa en ser más compatibles con el sistema, más competitivos y conformistas (en cuanto al pensamiento). Entre 1918 y 1938 las ideologías políticas sirvieron para contrarrestarla sensación de vacío moral y político que siguió al conflicto. Después que la Primera Guerra Mundial acabara con Imperios y con la moral de la época, millones de individuos angustiados por llenar el vacío, se refugiaron en ideologías.

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